Constructor de ruinas > Chus Tudelilla

David Latorre elige para realizar su obra lugares abandonados, a punto de ser demolidos o transformados para nuevos usos. Es la primera fase de un proceso que desarrolla en varios actos con el objetivo de borrar los límites interdisciplinares y apurar el límite de lo siniestro, que para Schelling es aquello que debiendo permanecer oculto, se ha revelado. Freud consideraba que lo siniestro sería aquella suerte de espanto que se adhiere a las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás, y con Freud, David Latorre parece decidido a explorar las condiciones en las que las cosas familiares pueden tornarse siniestras. No es tarea fácil revelar lo siniestro preservando su efecto estético. Así lo cree Eugenio Trías, explorador incansable de las fronteras de lo bello y de lo siniestro, para quien la decisión de hacerlo supone un riesgo, dado que, en su opinión, una obra nos comunica algo que está a la vista, nos descubre lo evidente y nos vela el misterio, lo sugiere, lo muestra de modo ambiguo. Es ilusión y a un tiempo revelación, asevera.

David Latorre nos invita a situarnos en el umbral de las estancias elegidas para su acción, y a ser testigos visuales de la misma a través de la secuencia de fotografías que documentan la intervención en los lugares elegidos, donde olvidos y recuerdos se alían con las ruinas. Lejos de registrar el estado de abandono, se propone ser un constructor de ruinas. Lo que cuenta es la invención, ha señalado Marc Augé, para quien la humanidad no está en ruinas, sino en obras. Y de acuerdo con esta idea, David Latorre pinta las fronteras que en su día hicieron habitables las estancias ahora vacías, señala los umbrales que separan el recinto del mundo y dibuja en su deambular por los diferentes habitáculos una topografía física, donde los tiempos oscilan inciertos. La presencia humana está ausente de la escena y de ella solo dan cuenta los muebles abandonados, muebles retirados ya de la atmósfera cotidiana que les dio cobijo, muebles con los que tropezamos. Es entonces cuando la percepción visual del espacio se enreda con la percepción táctil de las cosas, provocando como Pàvel Florensky analizara en su tratado Análisis de la espacialidad y del tiempo en las obras de arte figurativo, redactado en 1925, que el tacto active la sensación de espacialidad y la vista haga prevalecer el espacio sobre las cosas.

El color define los espacios y perfila los contornos de un itinerario físico y mental, deteniéndose en los límites que, bajo los efectos de las luces de neón, acaban disolviéndose en entidades abstractas, capaces de suscitar extrañamientos en la percepción de un escenario de ficción donde la única topografía posible es de carácter emocional. Conviene señalar que van a ser precisamente la ficción y la emoción las categorías de las que parte la reflexión de David Latorre sobre las relaciones del habitante contemporáneo con los más diversos lugares en los que habita o por los que transita, y sobre el estado decadente y ruinoso de los modos de habitabilidad y sociabilidad actuales. Ficción y emoción firmemente enraizadas en la realidad.

Desde el cuerpo y el mobiliario la atención de Latorre derivó hacia el lugar donde, en un tiempo pasado, aquéllos ocuparon su sitio. Ahora, retirados cuerpo y mobiliario de la atmósfera de las habitaciones, éstas quedan reducidas a la geometría constructiva de las formas que las definen. Superficies y líneas sustentan el olvido y la memoria que Latorre se propone reconstruir en el proceso de su acción. En el tiempo Latorre ha activado historias de hogares abandonados, cárceles en ruina y el piso del viejo club de alterne Kiss Club de Madrid, lugar donde se sitúa el proyecto Casa de citas y Cia.

Tras el vestíbulo de entrada sigue un estrecho pasillo al que se abren las puertas de las 12 habitaciones que organizan la estructura del prostíbulo situado en el primer piso de la calle Ballesta 4. La intervención pictórica de Latorre fija los contornos arquitectónicos, invitándonos a ser consumidores ópticos del interior de los habitáculos, de la esquina donde se sitúan el lavabo y el bidé, bodegón ascético para limpiar las huellas del deseo. Todo en las acciones de David Latorre en el espacio está perfectamente elaborado bajo un orden, cuya fragilidad queda al descubierto en la secuencia de fotografías que las documentan. En ellas Latorre no desea mostrar todos los indicios, interesado como está en dejarnos entrever, a través de la dramaturgia de su intervención espacial, el vacío de la pérdida que ha de contrarrestar con las imágenes derivadas de la acción misma de su intervención. En la ambivalencia entre presencia y ausencia, plétora y carencia, señala Règis Durand, es donde se apoya la melancolía fotografía. Y si la experiencia fotográfica es melancólica, la fotografía es fetiche, asevera Durand, al ir dirigida a suturar la carencia, a denegar la ausencia insoportable.

David Latorre rescata de estos escenarios algunos de sus objetos para que sigamos tropezando con ellos en el espacio real. “En ese paisaje vimos dos tabiques y una silla. Eran lo contrario de unas ruinas. Pedazos de un futuro palacio”, escribió Cocteau. Y crea nuevos objetos perturbadores con los que materializar sus ideas. Al fin, el cuerpo, que parecía ausente de estos lugares abandonados a la intemperie del tiempo, desvela su presencia en el lugar,  en el mobiliario y en los objetos. Todo remite al cuerpo.

El proyecto Casa de citas y Cia está organizado en tres capítulos: Visiones, fotografías relacionadas de algún modo con la visión del arte como ejercicio de crueldad de Bataille; Reinterpretaciones, secuencia fotográfica de las intervenciones físicas en el lugar; y Complementos, esculturas, objetos e instalaciones que recuperan el mobiliario o aluden a la memoria del lugar. Para entrar, hemos de atravesar un vestíbulo forrado de plumas y pelo.

“La belleza del cuerpo se halla por entero en la piel. En efecto, si los hombres viesen lo que hay bajo la piel, dotados, como los linces de Boecio, de la capacidad de penetrar visualmente los interiores, la mera vista de las mujeres resultaría nauseabunda: esa gracia femenina no es más que saburra, sangre, humor, piel. Pensad en lo que se oculta en las fosas nasales, en la garganta, en el vientre: suciedad por doquier... Y nosotros, a quienes nos repugna rozar incluso con la punta del dedo el vómito o la porquería, ¡cómo podemos desear estrechamente entre nuestros brazos a un simple saco de excrementos!”. Terribles palabras de Odón de Cluny recogidas por Remy de Gourmont en su libro Latino místico, una de las obras predilectas de Bataille, para quien “cuanto mayor es la belleza, más profunda es la mancilla”.