Plástica antropológica, arquitectura emocional y otros padrinos de la memoria > Alex Brahim

“Imagino que en un lugar donde se opaca la vida, debería establecerse un nuevo brillo, producto de la transformación física entendida como transmutación de las cargas previas del lugar”.

David Latorre

 

LOS ESCENARIOS DE CONDUCTA DE DAVID LATORRE: PLÁSTICA ANTROPOLÓGICA, ARQUITECTURA EMOCIONAL Y OTROS PADRINOS DE LA MEMORIA

Podría parecer azaroso, pero pensar en David Latorre como un flaneur contemporáneo de la demolición arquitectónica probablemente tenga sentido. Parcial heredero no premeditado del situacionismo, su trabajo acontece a modo de deriva controlada. Partiendo de una clara fijación, la que despiertan en él los espacios abandonados y en vísperas de derribo como memorias que redefinen el paisaje urbano, el autor acomete un intensivo proceso de internamiento con un claro propósito: desarrollar un ejercicio simbiótico con el lugar, abriendo desde la incertidumbre del suceso un vasto y complejo terreno donde las fórmulas documentales y narrativas de la plástica artística rediseñan, mediante lo efímero, las emociones de la arquitectura.

El minucioso trabajo de sus intervenciones, producto de largos y concentrados procesos, obedece a una metodología sistémica que se adecúa a cada proyecto y que supone un riguroso componente logístico: una fase previa de aproximación física e investigación histórica respecto al lugar, generando más preguntas e inquietudes que resultados y dando pie a una actitud crítica y a una intencionalidad que direcciona el posterior desarrollo; un período de negociación y gestión de permisos; la consecución de infraestructuras básicas, como generadores de electricidad o surtido de agua; la puesta en marcha de la intervención en sí, y el permanente enfrentamiento a coyunturas como las condiciones climáticas y lumínicas o la cuenta atrás propia de una demolición prevista. Todo ello para resaltar el carácter autorial de Latorre, su convicción, severidad y compromiso con respecto a su propio ejercicio. Al fin y al cabo, el arte en nuestros tiempos está más marcado por su interés como incidencia en su propio contexto que por paradigmas técnicos o juicios vernáculos de orden estético.

No obstante, ese laboratorio en el que se convierten sus experiencias frente al espacio y que condensa fotografía, pintura, dibujo, escultura, instalación, escenografía, performance o vídeo, es además inagotable fuente de logrados productos: desde la soberbia y exhaustiva documentación y catalogación fotográfica de continente y contenidos cuando aborda el terreno, pasando por las incandescentes e inusitadas intervenciones en luz negra y los escalofriantes escenarios blanquecinos de sus “borrados” o “limpiamientos”, hasta las esculturas que derivan del ensamblaje y puesta en juego de objetos encontrados en los espacios con nuevos materiales aportados por el autor.

En ese acotado punto intermedio previo a la demolición en que la construcción sólida se convierte en efímera, Latorre acomete un permanente ejercicio de reciclaje visual, volcando su particular mirada antropológica sobre la arquitectura. El rastro del paso trasciende la mera geografía del camino, revisitando la cartografía del lugar desde un hoy distinto que no desconoce la anterior vivencia, sino más bien le coquetea, apoyándose en ella como alegoría y exhortación, para proyectar inquietudes críticas y emocionales sobre su mismo pasado.

En sus revisitados espacios sin moradores, la ausencia de los unos se hace evidente desde el vacío de los otros, estableciendo un marcado carácter referencial entre ellos, certificando la codependencia, a veces paradójicamente desapercibida, entre habitante y habitáculo. La estructura arquitectónica emerge así como espacio de dibujo, subrayada desde las intervenciones pictóricas en neón que le devuelven calidez y la recuperan como renovado espacio vital, para ser nuevamente desdibujada por el blanco genérico que propugna un neo-génesis cuya pureza busca la abstracción, pero que no es más, al fin y al cabo, que fantasmal sedimento del rastro humano. Un formalismo antropológico deudor de artistas como Gordon Matta-Clarck, Pello Irazu, Bernardí Roig, Chillida o Jose Manuel Ballester.

“Representar la superficie para hablar de la esencia”, recalca el autor, desde un romanticismo fundamental que no aspira a las utopías de salvación, tanto como al compromiso con la rotundidad de lo elemental, aquello aparentemente sencillo o austero pero de categórica intensidad. Un contrapunto al vértigo y la indiferencia que caracterizan la mirada social contemporánea, la que hace ya no sólo de las imágenes, sino de sus contenidos, significados de inmediata obsolescencia, objetos para usar y tirar, chuches para una deficiente –y presuntamente eficaz- alimentación retiniana.

Subrayadas determinadas características esenciales, intrínsecas al espacio como edificación y a la carga que le habita, comprendemos que el ejercicio de escritura plástica propuesto por Latorre procura, más allá del registro de aquello que fue su intervención, configurar escenografías que expandan la capacidad de comunicación del espacio y los objetos, llevándoles al límite de su potencia semántica. Metalenguaje del material que, entre lo fáctico y lo analítico, se apoya en lo físico precisamente para trascenderlo.

Esta “escenificación” de una investigación de aparente orden plástico, se halla anclada a preceptos que sobrepasan la voluntad estética para cimentarse en una implicación afectiva dotada de carga moral, carente sin embargo del moralismo y unidireccionalidad propios del arte-denuncia. Una apertura a puertas de interpretación. A través del vestigio, signos y síntomas remiten a la suma implacable del cúmulo de antecedentes, así como a la incertidumbre del futuro: el físico del espacio y el intangible de la memoria social que contiene, de la cual ha sido no sólo depositario, sino también agente detonante y regulador.

Desde su manifiesta apelación a lo matérico del espacio desprovisto de sus historias de vida, Latorre viene a hablarnos de su calado en la construcción y el condicionamiento de identidades; en últimas, de su sentido social. Con su “imposición” o “recubrimiento” de una particular metafísica pictórica, activa un debate sígnico del espacio consigo mismo y sus cargas. Arriesgando por la puesta en común, el artista halla el vehículo motor de su proceso y también su última finalidad: la devolución hacia lo público, a la mirada colectiva.

Este ritual de iniciación y apocalipsis neo-fundacional de otro estadio condensa y enfatiza en la memoria, utilizando la subjetividad para proponer un espacio visual donde lo reflexivo hace objetiva sinapsis con lo afectivo. Generando un documento emocional a partir de la geografía aurática del espacio arquitectónico, el autor hace de su intenso análisis vivencial de los lugares, fuente común de conocimiento.

Agudo estratega de la imagen, Latorre además hace plausible en sus intervenciones su cualidad de artificio. Así, desde su condición transparente, no pueden más que suscitar en el receptor una búsqueda de lo real, salvando la brecha a la que se enfrenta la fotografía en su interpretación, dada su categorización como registro fidedigno de aquello que representa. En ese extrañamiento artificioso de lo cotidiano, subyace un clamor que trasciende el registro propio de la reportería gráfica, evitando proporcionar las respuestas o las claves literales que caracterizan el fotoperiodismo, insinuando más bien abiertos interrogantes. La certidumbre navega, cargada de potencia simbólica, por el espacio de la imprecisión, la evocación y la sugerencia. La evidencia del artificio emerge, en un doble giro, como documento real.

A punto de sucumbir, en manos de David Latorre los espacios “reelaboran su propia biografía como una catarsis final, como un ritual de unción y embalsamamiento previo a la desaparición física”. Esa disección del cadáver infunda un último soplo de vida, marcando una línea de tiempo argumental que remite por igual al recuerdo nítido del pasado histórico (documentación inicial), a variaciones precisas de orden fantasioso (intervenciones lumínicas) y, finalmente, a la sensación de la ausencia y la nada (intervenciones blancas). Un corto ciclo de vida que en sí mismo renarra transitoriamente, desde un compacto e intenso efecto de réplica, la historicidad del lugar, no con la intención de reproducirlo cual emulante falacia, sino de procurar un punto de fuga a su propio e inevitable destino.

Particulares retratos puestos en escena, los revisados espacios de David Latorre rinden homenaje a sus retratados desde una poetizada y anómala rehumanización. Abriendo el lugar de lo posible desde una nueva historia, claramente ficcional y efímera, con atisbos de lúdica vivacidad y una incisiva invitación al voyeurismo, activan en nosotros la pulsión, por contraste, de volcar una mirada documental. Permitiendo que lo implícito emerja, dislocando los referentes explícitos y sirviéndose de la paradoja visual, ponen de relieve la memoria histórica real allí albergada, reclamando para ella, de paso, un lugar distinto al del olvido.

¿Es posible luchar contra el olvido? ¿Cómo se selecciona aquello que debería “recordarse”? El artista no busca darnos la respuesta, pero sí articula con su mirada un juego capaz de hacer una subrepticia, perspicaz y pertinente triple invitación: a la conservación de determinadas memorias históricas y patrimoniales condenadas al olvido, al análisis de las atmósferas artificiales y a la revisión del carácter condicionante de los espacios construidos.

Comprometido con la base de lo social como leit-motif de su propuesta, David Latorre traspasa el umbral físico del espacio para explorar, desde  sus lugares paradigmáticos, la sintomatología de nuestros modelos económico-sociales. Articulada entre el desuso humano de la arquitectura y su inminente desaparición, su obra acaba escudriñando en la imprecisa brecha entre las fórmulas de control social y la capacidad para el libre desarrollo del individuo, entre la voluntad de preservación y los supraestructurales planes de futuro, instigando a nuestra mirada a indagar aquello que se orquesta entre los remanentes de la historia y la viabilidad de lo venidero.

 

“Destruir un espacio no es difícil, lo difícil es borrar la memoria.”

David Latorre

 

LA PENITENCIARÍA DE HUESCA: RASTRO PARTICULAR DE UNA CONDICIÓN UNIVERSAL

Visita guiada, repaso exhaustivo, juego compositivo de contrastes, rescate incisivo en los detalles y presunta enunciación de destellos. Cambios de morfología, transhumancia, aclaraciones, evidencias… Todo esto y más son características del proceso de internamiento de David Latorre en la hoy derribada Penitenciaría de Huesca.

Condiciones de precariedad y diferencias en tipologías de reclusión; la naturaleza que emerge con vivacidad de entre las ruinas cual paisaje interior; juegos de subjetividad en la mirada de un ojo que habita transitoriamente la antigua enfermería; grafitis que dialogan con la experiencia del internamiento; “el tigre”, como se conoce en la jerga del reo al baño, elevado exponencialmente en su elocuencia; derruidas instalaciones deportivas; excrementos de paloma acumulados por años; intervenciones textuales con frases populares; la emulación de un juicio; un comentario sobre el Sida; confusión entre distintas galerías que hacen plausible la estandarización… o la clara y estruendosa analogía de patrones entre la cárcel y la escuela.

Una lata gigante de sardinas llena de pelos de presidiario; sillas de neón que enmarcadas en metal simbolizan la visita del locutorio; otra silla, con amarres en los brazos, habitando una enorme caja enmallada; otra más, asfixiada entre dos placas de vidrio;  instrumentos y material diverso incautado a los reclusos; una toalla de cuchillas junto al registro del mencionado “tigre”, una cama que con sus mantas dobladas espera al siguiente huésped…

Puestos en escena en franco diálogo entre imagen, material, vestigio e intervención, los elementos fotográficos e instalativos de la serie configuran un estremecedor testimonio que no alcanza sin embargo -pese a poder a acusarse de estridente, efectista o provocador- a ilustrar con claridad lo profundo y lo álgido del dramatismo que supone la vida bajo arresto. Simbolizados por las sillas, los reclusos aún permanecen, probablemente más ostensibles y más aptos para ser escuchados y reconocidos que durante su otrora estancia en la prisión.

Seguramente sea la provocación misma de esta situación, el definitivo logro ulterior de David Latorre: en perfecta sintonía con las dosis de indolencia y de cinismo que gobiernan nuestro consenso social, es aquí y ahora, cuando asistimos a la re-personificación de la identidad de un lugar concebido para la despersonalización colectiva.